Para una ciudad azotada por huracanes, tener una comunidad unida es la única manera de sobrevivir

strongRichard Hogarth, residente de un parque de casas rodantes de Pensacola, muestra el daño sufrido de una casa debido a un huracán reciente. (Hamil Harris)./strong

PENSACOLA, Fla. — Desde aquí, en el extremo oeste de la península de Florida, hasta Miami, ubicada a unos 1126 kilómetros, las obras de limpieza por huracanes son una parte habitual de la vida. Con un promedio de una docena de huracanes por año, es casi normal ver casas con techos arrancados y lonas azules ondeando.

Pero eso no asusta a los residentes.

“Me encanta esta área porque la gente es diferente”, dijo Melvin Whitehurst, un predicador en la Iglesia de Cristo Olive Manor de Pensacola, quien a la edad de 80 años ha superado muchos huracanes, mientras hablaba desde el púlpito durante un sermón el domingo por la mañana.

Una casa en Pensacola con lona en lugar de techo. (Hamil Harris/Zenger). 

Después de una semana de lluvias torrenciales ininterrumpidas, mientras predicaba, Whitehurst dijo reiteradamente a sus parroquianos que él nunca ha pensado en irse, incluso después de que la iglesia y su casa, a unos 40 kilómetros, al otro lado de la línea estatal de Lillian, Alabama, parecían condenadas a ser arrasadas por el huracán Sally el año pasado.

“Nuestra iglesia quedó destruida casi por completo”, recordó, “pero soy bendecido, porque incluso si tenemos estos desastres naturales, siempre contamos con alertas para evacuar”.

El huracán Sally arrasó la costa del Golfo en septiembre pasado con vientos sostenidos de 170 kilómetros por hora y 50 centímetros de lluvia en muchas áreas. Si bien la casa de Whitehurst al final se salvó de cualquier daño permanente, su iglesia en Pensacola casi fue demolida.

El ministro Melvin Whitehurst predica en la Iglesia de Cristo de Olive Manor, en Pensacola. (Hamil Harris/Zenger). 

Casi un año después de Sally y con la amenaza de otro grupo de huracanes en la costa del Golfo conforme avanza el verano, la remoción de escombros continúa alrededor de la iglesia de Olive Manor en Pensacola.

Whitehurst dice que la situación no le molesta, después de todo, “no es nada que no se haya visto antes”, frase que es común en Pensacola.

Otro residente local de 53 años, Richard Hogarth, dijo que en la actualidad no tiene hogar, pero ha sobrevivido reparando casas dañadas por huracanes, y vive en estas mientras trabaja.

“Justo ahora estoy buscando una casa y no ha sido fácil”, le dijo a Zenger mientras reparaba un techo. “Mi objetivo es volverme subcontratista autorizado”.

Hogarth dijo que no tenía planes de marcharse, a pesar de los riesgos que conlleva el clima.

“Estamos aquí para quedarnos”, dijo riéndose.

Richard Hogarth disfruta una bebida en la terraza de una casa dañada por un huracán. (Hamil Harris/Zenger). 

Sin embargo, a pesar de que el clima extremo sea un costo aceptado desde hace mucho tiempo en la vida costera, con sus temperaturas cálidas durante todo el año y la cercanía con el mar, este ha empeorado en los últimos años.

La temporada de huracanes que oficialmente transcurre de junio a noviembre cerró con cifras récord. En total, la temporada de 2020 produjo 30 tormentas con nombre (vientos máximos de más de 63 kilómetros por hora), de las cuales 14 se convirtieron en huracanes (vientos de más de 119 kilómetros por hora) y siete se volvieron huracanes importantes (vientos mayores a 177 kilómetros por hora). Esta fue la mayor cantidad de tormentas jamás registradas, por arriba de las 28 de 2005.

También en la temporada de 2020 se vivió el segundo mayor número de huracanes de la historia.

El muelle en Pensacola. (Hamil Harris/Zenger).

Las estimaciones también colocaron a 2020 como la quinta temporada de tormentas más costosa de los últimos 30 años, mientras que 2017 se mantiene como la número uno. Esta última ocasionó daños por un valor estimado de 2,783 mil millones de dólares gracias a la racha de mal clima provocada por los huracanes Harvey, Irma y María.

En comparación, la temporada de huracanes de 2020 causó daños económicos de 60 mil millones de dólares en todo el país, de acuerdo con los datos de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA).

Lauren Gaches, portavoz de NOAA con sede en College Park, Maryland, le dijo a Zenger que puede ser difícil predecir la severidad de una temporada, ya que, por lo común, los sistemas de tormentas progresan rápidamente en fuerza y tamaño.

“Todos los sistemas tropicales son ciclones y, dependiendo de la velocidad del viento, podrían convertirse en un tornado o en un huracán”, dijo Gaches, y proporcionó solo estimaciones generales para la temporada de 2021.

Para 2021, dijo, hay un rango probable de 13 a 20 tormentas con nombre, de las cuales entre seis y diez podrían convertirse en huracanes. Entre tres y cinco de ellos podrían ser huracanes importantes. Pero incluso esos rangos solo se ofrecen con un 70 por ciento de fiabilidad, y alguno podría terminar siendo mucho mejor o peor, dijo Gaches.

Una casa con el techo arrancado por un huracán. (Hamil Harris/ Zenger).

Como es usual, las autoridades federales y locales desean reducir los riesgos.

“Ahora es el momento de que las comunidades a lo largo de la costa, como también las de tierra adentro, se preparen contra los peligros que los huracanes traen consigo”, dijo la secretaria de Comercio Gina Raimondo en un discurso reciente, y suplicó a las comunidades del Golfo que se preparen oportunamente y se mantengan al día con las advertencias.

“Los expertos en la NOAA están preparados para lanzar alertas tempranas y pronósticos que salvan vidas de las comunidades, lo cual también ayudará a minimizar los impactos económicos de las tormentas”, dijo.

La historia de Pensacola está entramada con la de su clima extremo.

Con base en algunos cálculos, Pensacola es de hecho la ciudad más antigua del estado. Sin embargo, en 1559, cuando los españoles la establecieron como su primer asentamiento en Florida, pasó un huracán y la destruyó.

De acuerdo con las cifras de la University of West Florida, Pensacola ha soportado 13 huracanes destructivos en el periodo de entre 1906 y 2015; algunos de los peores sucesos voltearon embarcaciones militares y dañaron la isla de Santa Rosa, donde aún se encuentra Fort Pickens, un fuerte que data de la guerra de Secesión.

Fort Pickens, fuerte de la época de la guerra de Secesión, en Pensacola Beach. (Hamil Harris/Zenger). 

Desde 1975, la ciudad también ha sido directamente golpeada por ocho huracanes y por muchas más tormentas tropicales y ocupa el octavo puesto en la definitiva lista de Sperling de los “peores lugares para pasar un huracán” en Estados Unidos.

Eso tiene un impacto profundo en la comunidad.

Durante los últimos 27 años el reverendo John Powell, fundador de Truth for Youth, un grupo cristiano de jóvenes, ha trabajado con jóvenes y adultos en un esfuerzo interminable por remover los escombros después de los huracanes.

“Hemos estado activos al asistir a personas de muchas maneras como la tala de árboles caídos, reparación de cercas, distribución de comidas y apoyo a residentes con bajos ingresos”, dijo Powell a Zenger, y explicó que el clima mortal, en su extraña manera, obligó a los residentes a crecer juntos y a ser unidos.

Ya que nadie que puede confrontar el poder del clima solo, dijo, los que eligen quedarse a vivir en ciudades de la costa del Golfo como Pensacola, con el tiempo aceptan que todos participan de los desastres juntos.

Se espera más actividad en el trópico esta temporada de huracanes 2021.

“Es abrumador porque muchos de los pobladores tienen un seguro insuficiente”, dijo Powell. “La gente debe aprender a unirse. Tenemos que practicar el amor y el respeto mutuos”.

La situación también ha llevado a pasatiempos peculiares: aquí, la persecución o “caza” de huracanes es tan popular como la caza de animales y el fútbol americano, y los lugareños se enorgullecen de intercambiar historias largas e intrincadas de dónde estaban cuando los golpeó alguna una tormenta importante y coleccionan dichas historias como medallas. Los huracanes más populares son Agnes (1972), Betsy (1965), Camille (1969), Eloise (1975), Frederick (1979), Katrina (2005) e Iván (2004).

No obstante, el mayor orgullo de los lugareños es su compromiso compartido con el servicio público.

Ruth Oliver, su hija Cheryl Johnson y su nieta Olivia Johnson son enfermeras tituladas. Si bien su vida laboral a menudo se vuelve agitada durante la temporada de tormentas, con obligaciones a veces ingratas, le dijeron a Zenger que no podían imaginarse viviendo en otro lugar.

Mientras pescaban a lo largo de la costa de Pensacola, las tres mujeres, quienes también son miembros y voluntarias de la organización local Cathedral of Faith, dijeron que aprecian que su comunidad sea tan unida.

Al centro de esta unión se encuentran una red de grupos de iglesias y los ejércitos de voluntarios.

“Cuando estás arraigado al Señor, se desea retribuir. Estamos en esta tierra para ayudarnos unos a otros”, dijo Oliver, madre de seis hijos. “Mi hija Cheryl ayuda al pastor con todo”.

Una familia de enfermeras: Ruth Oliver, Cheryl Johnson, Olivia Johnson y Elisa Jonhson, estudiante de teatro de la Universidad de Dillard en Nueva Orleans, disfrutan de un día al aire libre. (Hamil Harris/Zenger). 

Mike Lewis, director ejecutivo de Churches of Christ Disaster Relief Effort, dijo que las redes de iglesias ayudan a juntar recursos de las personas que viven a lo largo de la costa del Golfo, incluso a través de las fronteras estatales. Alrededor de 43 comunidades recibieron ayuda de su flotilla de camiones de 16 metros de largo el año pasado.

Lewis dijo que el grupo realizó envíos de víveres en 2020, que incluían artículos como comida empaquetada, agua embotellada, cloro, ropa y otros. Toda esa ayuda, sin embargo, provino de las redes comunitarias de iglesias y voluntarios que rastrean posibles desastres.

“Somos un grupo sin fines de lucro que monitorea las tormentas, patrocinado por miembros de la Iglesia de Cristo”, dijo Lewis, y explicó que las pequeñas contribuciones se suman. “El valor de esos suministros era de 4.8 millones de dólares”.

También hay un sinfín de oportunidades para los emprendedores con espíritu comunitario, ya que los constructores libran una batalla interminable para detener la marea de casas protegidas por poco más que una lona azul.

“Aún quedan muchos techos por reparar y hay muchas oportunidades en esta área”, dijo Cliff Harris, quien trabaja en el siempre activo negocio de la construcción de Pensacola.

“Mi socio Johnny Davis y yo estamos enfocados en reconstruir el vecindario porque hay una gran necesidad”, dijo. “Muchos de los ancianos no pueden realizar ni siquiera reparaciones menores”.

Por ejemplo, “un residente de 80 años no podía reparar la red que cubría la piscina”.

En un lugar como Pensacola, todo está siempre al borde de requerir una reparación.

El puente de la Bahía de Pensacola se dañó cuando embarcaciones se soltaron durante el huracán Sally, el 15 de septiembre de 2020, y se mantuvo cerrado hasta el 17 de junio de 2021. (Hamil Harris/Zenger).

Un puente de cinco kilómetros de longitud, por ejemplo, se volvió a abrir apenas hace unas semanas; Sally lo había dañado el año pasado. Esto les devolvió a los lugareños descontentos una de las vías más fáciles para salir de Pensacola.

Pero Harris, como la mayoría aquí, dice que no tiene planes de irse.

“Amo la vida costeña”, dijo.

(Traducido por Yerem Mújica; editado por Gabriela Olmos.)



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